La ciencia ficción en Swift y Voltaire, y su suerte de anticipación

 «Los viajes de Gulliver» fue  una novela escrita por el escritor satírico Jonathan 170px-Laputa_-_GrandvilleSwift y publicada en 1726. La obra fue una ironía sobre el espíritu humano y la sociedad de su tiempo, que no deja hoy en día de estar actualizada a nuestra realidad moderna. El escritor y clérigo irlandés insuflado de una clara intuición y de buen ánimo especulativo, ya en el siglo dieciocho -el llamado siglo de las luces- da atisbos de lo que en el futuro se conocería como ciencia ficción. La estructura de su narrativa en primera persona comienza con el relato de Gulliver al estilo de los libros de viajes de la época, haciendo una breve reseña sobre su vida y  sus andanzas. Su relato según expertos encajaría perfectamente en lo que hoy se conoce como Proto-ciencia ficción, otros dirán que sería ciencia ficción primitiva. Para muchos la ciencia ficción como género apareció con todos sus elementos cognoscibles tras la publicación de la obra  Frankenstein o El moderno Prometeo, de Mary Shelley, publicado en 1818. Los expertos están divididos en opiniones. Hay algunos que piensan que toda obra literaria que muestre cierto rasgos particulares o inquietudes científicas y filosóficas en un marco imaginativo, debería pertenecer al renglón de la ciencia ficción, o por lo menos a la proto-ciencia ficción.   Carl Sagan y Asimov estaban de  acuerdo que Somnium un relato de Johannes Kepler de 1634 fue el primer relato de ciencia ficción.  Aunque la mayoría de todas estas obras estaban influenciada por el razonamiento cartesiano que posteriormente daría nacimiento a la ciencia moderna. También podemos ver elementos de ciencia ficción en la obra de Edgar Allan Poe, que allá en los años treinta del siglo diecinueve escribiría sobre sus inquietudes científicas en cuentos tales como: El extraño caso del señor Valdemar, Breve charla con una Momia, Las aventuras sin par de un tal Hans Pfaal, entre otros, y su visión cosmológica en su ensayo lleno de clarividencia: Eureka.

Algo en común que tienen  los escritores imaginativos que de algún modo se han alimentado de los avances técnicos y científicos de su tiempo, es aquella curiosa capacidad de anticipar acontecimientos técnicos y descubrimientos que en tiempos posteriores saldrían a la luz. No quiere decir que todos los escritores de ciencia ficción sean escritores de anticipación, o que sea este el objetivo del género, el objetivo original es estimular sin más el pensamiento humano especulando con los conocimientos científicos en contextos extremos o hipotéticos, jugar con futuros o pasados alternativos etc. Tal  como Verne o Wells, Jonathan Swift no estaría exento de esa suerte de predicción.  El escritor describe las lunas de marte con precisión sorprendente en la tercera parte del texto, cuando llega a la isla flotante de los laputianos. Jonathan Swift parecía parodiar y criticar al espíritu científico de la época representado en su tiempo por la Royal Society. Él ponía énfasis en la personalidad introvertida y ensimismada de aquellas personas, que describió como individuos que pasaban la vida teorizando grandes proyectos y haciendo excelsos cálculos matemáticos y ejecuciones musicales sólo por puro deleite y  curiosidad; pero eran incapaces de poner sus elucubraciones en práctica. La isla donde estos vivían podía ser una metáfora de sus personalidades desconectadas y aisladas de la vida social convencional. La isla era la representación de sus mentes viviendo en los aires de la razón y  la especulación. Aquellos necesitaban unas especies de criados o golpeadores, que se encargan de golpear ligeramente con un globo, la boca del que debía hablar y los oídos de los cuales debían atender el discurso y de esa manera eran capaces de aterrizar para atender en breve periodos los asuntos cotidianos. Estos, productos de sus razonamientos vivían una rica vida interior  que lo  hacía descuidar los asuntos exteriores, donde se mostraban lerdos e indecisos.  Aquí vemos una construcción estereotípica de la personalidad científica que ha trascendido hasta nuestros días. El  típico «Nerd» de nuestros tiempos que debe tener su golpeador voluntario para poder aterrizarlos de las nubes, tiene mucho de aquellos rasgos; o el mismo escritor de ciencia ficción y fantasía que vive dentro de sus invenciones por placer, de vez en cuando los encontramos torpe en asuntos cotidianos, es sabido que  Ray Bradbury nunca aprendió a conducir.  ya fuera de los chismes literarios, vayamos a la obra que nos compete. Swift en su obra nos narra con detalles y con los conocimientos científicos de su tiempo, el funcionamiento de este artefacto, que es la isla donde viven los Laputianos. Su inventiva y descripción es tal que si en su tiempo el género hubiera existido, se le habría calificado como ciencia ficción dura, aunque ahora no sea más que una hermosa construcción fantástica.

«…La isla volante o flotante es exactamente circular; su diámetro, de 7.837 yardas, esto es, unas cuatro millas y media, y contiene, por lo tanto, diez mil acres. Su grueso es de 300 yardas. El piso o superficie inferior que se presenta a quienes la ven desde abajo es una plancha regular, lisa, de diamante, que tiene hasta unas 200 yardas de altura. Sobre ella yacen los varios minerales en el orden corriente, y encima de todos hay una capa de riquísima tierra, profunda de diez o doce pies. El declive de la superficie superior, de la circunferencia al centro, es la causa natural de que todos los rocíos y lluvias que caen sobre la isla sean conducidos formando pequeños riachuelos hacia el interior, donde vierten en cuatro grandes estanques, cada uno como de media milla en redondo y 200 yardas distante del centro. De estos estanques el Sol evapora continuamente el agua durante el día, lo que impide que rebasen. Además, como el monarca tiene en su poder elevar la isla por encima de la región de las nubes y los vapores, puede impedir la caída de rocíos y lluvias siempre que le place, pues las nubes más altas no pasan de las dos millas, punto en que todos los naturalistas convienen; al menos, nunca se conoció que sucediese de otro modo en aquel país. 16En el centro de la isla hay un hueco de unas 50 yardas de diámetro, por donde los astrónomos descienden a un gran aposento, de ahí llamado Flandona Gagnole, que vale tanto como la Cueva del Astrónomo, situado a la profundidad de 100 yardas por bajo de la superficie superior del diamante. En esta cueva hay veinte lámparas ardiendo continuamente; las cuales, como el diamante refleja su luz, arrojan viva claridad a todos lados. Se atesoran allí gran variedad de sextantes, cuadrantes, telescopios, astrolabios y otros instrumentos astronómicos. Pero la mayor rareza, de la cual depende la suerte de la isla, es un imán de tamaño prodigioso, parecido en la forma a una lanzadera de tejedor.

Tiene de longitud seis yardas, y por la parte más gruesa, lo menos tres yardas más en redondo. Este imán está sostenido por un fortísimo eje de diamante que pasa por su centro, sobre el cual juega, y está tan exactamente equilibrado, que la mano más débil puede volverlo. Está rodeado de un cilindro hueco de diamante de cuatro pies de concavidad y otros tantos de espesor en las paredes, y que forma una circunferencia de doce yardas de diámetro, colocada horizontalmente y apoyada en ocho pies, asimismo de diamante, de seis yardas de alto cada uno. En la parte interna de este aro, y en medio de ella, hay una muesca de doce pulgadas de profundidad, donde los extremos del eje encajan y giran cuando es preciso».  gulliver-a-punto-de-irse-a-laputa-en-la-edicion-de-leipzig-de-1910-de-los-viajes-de-gulliver-de-jonathan-swift-_331_464_251137

Aquí vemos como se esfuerza el autor –como todo escritor de ciencia ficción- de hacer su obra creíble basada en razonamientos lógicos, con los cuales trata de justificar la maravilla que presenta al lector. Intenta ser minucioso en sus descripciones y detalles, que pensaríamos que alardea en ese momento de sus saberes sobre ciencia:

«…Emplean aquellas gentes la mayor parte de su vida en observar los cuerpos celestes, para lo que se sirven de anteojos que aventajan con mucho a los nuestros; pues aunque sus grandes telescopios no exceden de tres pies, aumentan mucho más que los de cien yardas que tenemos nosotros, y al mismo tiempo muestran las estrellas con mayor claridad. Esta ventaja les ha permitido extender sus descubrimientos mucho más allá que los astrónomos de Europa, pues han conseguido hacer un catálogo de diez mil estrellas fijas, mientras el más extenso de los nuestros no contiene más de la tercera parte de este número. Asimismo han descubierto dos estrellas menores o satélites que giran alrededor de Marte, de las cuales la interior dista del centro del planeta primario exactamente tres diámetros de éste, y la exterior, cinco; la primera hace una revolución en el espacio de diez horas, y la última, en veintiuna y media; así que los cuadros de sus tiempos periódicos están casi en igual proporción que los cubos de su distancia del centro de Marte, lo que evidentemente indica que están sometidas a la misma ley de gravitación que gobierna los demás cuerpos celestes». fobos-y-deimos-marte-mn2-ind

En esta estrofa nos encontramos ante la sorpresa de que por aparente casualidad, Swift  acaba de descubrir algo interesante. Nos describe las dos lunas de marte, Phobos y Deimos que fueron descubiertas por el astrónomo norteamericano Asaph Hall  en el año 1877, 150 años después de su obra.

¿Cómo lo supo?

Aparte de la especulación inicial que necesita el género de la ciencia ficción, él se alimentaba de la principal energía motriz de la cual un escritor de ciencia ficción se nutre, estamos hablando de los conocimientos científicos en sí. Jonathan Swift,  quien también fue el creador del Nombre femenino Vanessa,  Conocía  como hombre de letras los avances científicos de su tiempo. Se dice  que en aquellos años dentro de la comunidad intelectual se solía especular con las dos lunas de marte antes de haber sido observadas, por un ejercicio matemático que  hubiera hecho el mismo Kepler. Pues se sabía que nuestro planeta tenía un sólo satélite y Júpiter hasta aquel entonces contaba con cuatro lunas: Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, descubierta en 1610 por Galileo Galilei.  Johannes Kepler, Calculó que si Júpiter tenía cuatro lunas y nuestro planeta una sola, martes que se encontraba entre la Tierra y Júpiter debería tener dos pequeñas lunas por ley de proporción, pero aquél  razonamiento fue rechazado posteriormente,  tras el descubrimiento de las demás lunas de júpiter.  Esto nos da a entender que de alguna manera, más que una mera casualidad literaria o serendipia, Jonathan Swift estaba muy atento de la ciencia de su tiempo y a las conjeturas que saldrían de la comunidad científica debiéndole de este modo su certeza científica sobre las lunas marcianas a las deducciones de Johannes Kepler y no a la mera casualidad. De ahí que tengamos esos datos tan  precisos y casi acertados al describir las distancias de las lunas, él se basó en los cálculos de la ley de la gravitación universal. Lo que lo convierte en escritor  de especulación científica, Junto a Voltaire que en el año 1752 escribió un relato de contexto filosófico llamado Micromegas, en el cual también describe las lunas de marte, este pareció conocer la obra de Swift y también las deducciones de Kepler que parecían ser muy famosas en aquella época sobre la existencia de las dos lunas. Aquí vemos como Voltaire hace la salvedad de que los astrónomos de su tiempo no han descubierto aquellos cuerpos celestes:

«… Al salir de Júpiter atravesaron un espacio de cerca de cien millones de leguas y costearon el planeta Marte, el cual -como todos saben- es cinco veces más pequeño que la Tierra, donde vieron las dos lunas de que dispone y que no han podido descubrir todavía nuestros astrónomos. Aun cuando sé que el abate Castel rechazará ingeniosamente la existencia de dichas lunas, no ignoro tampoco que me darán la razón quienes saben razonar, aquellos a los que no puede escapárseles el hecho de que no le sería posible a Marte vivir sin dos lunas por lo menos, estando tan distante del Sol ». (Voltaire)  micromegas-jeannot-et-colin-de-voltairevoltaire_micromegas_hall_freeman

Por esta “casualidad” literaria, dos de los mayores cráteres de Deimos, fueron Bautizados como Swift y Voltaire. Ambos cerebros como las dos lunas de marte, gravitaron en su tiempo alrededor de las especulaciones científicas de Kepler, y como los laputianos, (aunque lo negaran) vivieron también en una isla sofisticada que flotaba sobre las mentes humanas ordinarias,  allí, de donde alguna manera, viven los hombres de conocimiento.

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La promesa

La promesa - Arcadio Encarnacion.

Morgan Vicconius Zariah

 

 Veo que caminas con mil cruces que te atormentan, ¡tú!, ¡poeta de negros ojos que encierras en tu mirada millones de misterios! He esperado por ti desde siempre; en el más profundo rincón de un ruinoso palacio; tan olvidado como yo. Cien veces has pasado cerca de aquel paraje, ignorando mi abandono.

He visto cientos de siglos, y aún sigo aquí en el olvido de todos, en el recuerdo de pocos.

Ninguna alma se ha mostrado piadosa y me ha regalado un beso.

El miedo que desprenden los seres hacia mí, me ha convertido en monstruo. Llevo cuernos en mi vieja cabeza de chivo y pezuñas que me hacen abominable al buen juicio de los hombres. Fui rechazado de todos y aún los que profesan amor, por mi sienten odio.

Me pisotearon, me escupieron, rechazaron mi doctrina; pero nadie tocó mis tesoros, ningún espíritu manchó mi luz. Mi poder y sabias palabras aún están latentes con estrépitos de tormentas y volcanes, en el interior de mi sombrío, frió y feo cuerpo.

 ¡Pues soy yo poeta, el que te llama! En la más insondable de las noches oirás mi lira, pido que llegues a mí y compartas tus palabras, tu magia, tu arte….

Quiero que desempolves mis cuernos y des brilló a mis ojos.

Cuando liberes mi alma, te iluminaré con mi luz; pues soy el sol de la sabiduría y el templo del poder. Te entregaré tesoros. Aprenderás a mezclar sentimientos con la química sagrada.

 Pues me habrás librado de mi cautiverio y por ende te he de revelar los secretos. Te daré licencia para matar y arte para dar vida.

Tus enemigos caerán a tus pies.

 Yo libre, sonreiré como un ángel de luz azul entre la luz de las estrellas.

Tú cantarás alegre porque habrás encontrado entre las sombras, el reflejo de tu mente. Un mágico amigo, el mejor de los tesoros, mi cola de báculo; símbolo de la serpiente y  de nuestra unión y en tus manos… voy a dejar el mundo.

Fin

Festín de cadaveres

normal_ZombiesEntre delirios y sangre, narcóticos sagrados hacen expandir en las sombras la mente alucinada. El cementerio centellea con extrañas luces grises y mi alma se extasía en el sádico resplandor de la carne desgarrada. Bajo la luz de la luna, las esculturas mortuorias observan silentes nuestra orgía gastronómica. Despedazando lo inmundo; tragando los deseos; blasfemando a la muerte. Devorando sin pensar nuestra existencia fantasma. Los dientes llenos de carne podrida, ¡amigos somos de los gusanos! Que corroen nuestros cuerpos pecadores, generando con nuestra carne vida nueva. Pálido nuestro rostro mojado por la roja sangre del delirio. La majestad de la muerte  alimenta nuestros cuerpos. Su descomposición química, su mano que todo lo envejece hasta podrirlo, marchita con su roce las flores y desvanece la juventud con el reflejo de su espejo. Y al mirarnos, vemos nuestras caras descarnadas y la carne pendiendo del mentón. Con Los gritos y el aullar de los demonios funestos, nos devoramos en romántico deseo, y el dolor al comernos nos hace inmortales. ¡Somos necrófagos! Amigos de comer carnes descompuesta y beber sangre coagulada. El festín de las copas sobre lápidas horadadas; la enorme mesa redonda de los homúnculos descansa sobre tumbas centenarias. Y al amanecer sólo quedan cenizas y huesos, y un cuerpo arrullado al lado de un frió epitafio; que ebrio en demasía de alcoholes, duerme tranquilo en los valles de la muerte después de una extraña canción espectral.

Jugando al Apocalipsis

Shadowrun - Cyber Nun by RazielKanos on DeviantArt
Shadowrun – Cyber Nun by RazielKanos on DeviantArt

Las hermanas de la Alta-Gracia hacían su peregrinación por el camino en espiral que ascendía hasta la abadía, abriéndose paso entre la niebla de gases radiactivos que se condensaban alrededor de la falda de la montaña. Todas ataviadas con sus negros atuendos monásticos y verdes tocas luminiscentes; al frente, sus mascaras de gas adornando sus pálidas caras infantiles. Ascendían en sacro silencio por el sinuoso camino que llevaba a la templo con el sudor deslizándose sobre la piel. Las ordenes del sumo pontífice ya estaban dadas.

—¿Crees que sea él? —rompió el frío silencio la hermana Era, haciendo retumbar su voz a través de los sensores cuánticos que estaban conectados al cerebro de todas por unas especie de electrodos, que se encontraban implantados en sus tocas o velos para darle la capacidad de comunicación telepática.

—Sí, mi intuición dice que sí, o ¿para qué otra cosa nos hubiera convocado con tanta urgencia el sumo pontífice? —contestó sin abrir sus labios infantiles la hermana Marianix—. ya veremos que profecías escupirá Eva.

Cuando llegaron a la cima venciendo la niebla toxica que ascendía, los rayos del sol se tornaban débiles y sanguinolentos, acariciando a la Abadía con un resplandor rojizo y anaranjado, dando la bienvenida a las primeras sombras de la noche que en pocos minutos absorberían todos los rayos de luz. Las quince Hermanas se detuvieron un momento y descansaron sentándose sobre los anchos peldaños de la alta escalinata que daba paso a la entrada. Un viento fresco soplaba sobre sus pieles. Pero todavía no se atrevían a retirar sus mascaras, aunque se sabía que en la cima de la abadía de Thothiux, la cima de la ciudad, las emisiones toxicas de las industrias de los transhumanistas, eran conjuradas fuera del templo por los mismos efluvios sanos que aun le quedaban a la naturaleza. La pureza del aire en la cima era relativamente buena. Pero la naturaleza de la época había acondicionado a los humanos al confort artificial y a la desconfianza del ambiente natural; había quienes jamás habían respirado oxigeno del exterior. Cuando las hermanas llegaron al portón, las Tres monjas principales dibujaron un conjuro enfrente de él a modo de contraseña con sus guantes conectados a la computadora principal de la iglesia que llevaban en su mano derecha; luego, hubo un destelló cegador y las puertas se abrieron de par en par. Al entrar, se oyó el rumor de unas máquinas que se encargaban de extraer todo resto radiactivo del exterior, después el portón se cerró.

—¡Ya están aquí! —exclamó una pequeña niña rubia aproximadamente de nueve años, que tenía el velo quitado, sus cabellos caían hasta la cintura con insistencia sagrada—. ¡vengan conmigo! el pontífice no tardará en presentarse.

las hermanas procedieron a retirase las mascaras para respirar el oxigeno fabricado por las máquinas ambientadoras de la abadía. Allí todo estaba cuidadosamente climatizado, la temperatura debía mantenerse ligeramente fría, para que no afectara a los equipos y las computadoras cuánticas. El interior mostraba una inmensa bóveda nervada como las iglesias del gótico antiguo, iluminada por una luz fantasmal que se desprendía de las paredes y las columnas por una tecnología inteligente diseñada por células fotoeléctricas. Todas caminaron por el pasillo principal hasta llegar a una habitación circular que tenía paredes lumínicas de color escarlata, que contrastaba con las luminiscencia verdosa del velo de las monjas. Todas seguían a la niña sin velo hasta estar cerca de una gran mesa circular. Las tres principales tomaron asiento junto a la pequeña sin velo en la mesa; las demás permanecieron paradas a su alrededor.

—¡Era siéntate frente a Eva… Mantis frente a Marianix! —dijo una voz que irrumpió en la sala proveniente del computador litúrgico. Ellas así lo hicieron, en representación de los cuatro elementos, luego, con la dulzura de una flauta encantada se escuchó la voz de la pequeña Eva, quien tomaba en sus brazos a un gato blanco y regordete que trepaba a sus piernas:

—¡Por fin estamos reunidas! ya no aguantaba la emoción del conocimiento futuro que nos será dado —dijo con el desembarazo típico de su edad, y pronunciando las palabras a través de su boca y sus cuerdas vocales y no por los sensores del pensamiento. Ninguna alcanzaban una edad mayor de diecisiete años, Marianix con dieciséis lideraba biológicamente. Todas fueron diseñadas a través de la ingeniería genética desarrollada por el vaticano, depurando los malos genes relacionados con el pecado y salvando y potenciado aquellos que fueran más afines a la santidad, la determinación religiosa y el sacrificio. La computadora decidía quienes ingresaban a la Orden suprema de la Alta-Gracia, quien no calificaba, era devuelto al vacío del cual habían venido sin ningún dolor. Antes que algunas de las hermanas logrará interactuar con Eva, un influjo de partículas luminosas se desprendió del almacén Positrónico que estaba en el centro del techo abovedado y con ello empezó a dibujarse en el aire una cristalización holográfica que pronto interactuaría en el ambiente. Se condensó este hechizo hasta hacer que una silueta con luminosidad intermitente en un trono papal se manifestara encima del centro de la gran mesa. La silueta de un lozano niño de unos quince años posaba encima de aquel trono, con una mitra que brillaba con partículas de santidad que hacían extasiar los corazones de las hermanas de la Alta-Gracia. Estas reverenciaron la santa presencia, que habló en los segundos posteriores.

—¿Supongo que todas ya saben a que se debe nuestra reunión?… pero antes debo anunciarles que se ha hecho capturar al cardenal Nicolax Di Gesú, por corromper a la iglesia y a sus seguidores, tomando dádivas y lavando dinero de los transhumanistas y por financiar los planes de los Androides. Ya se ha tomado carta en el asunto y se ha declarado enemigo de la humanidad. Los cardenales Giusepe Y Telman tiene ordenes de encerrarlo en una de las cárceles vaticanas mientras preparamos el plan que traerá nuevamente al Mesías; liberaremos la humanidad del influjo artificial en el cual la era del diablo la ha sumido. —dijo aquel niño papa con un fulgor de santidad en sus adolecentes ojos azules que fluctuaban con la frecuencia de la máquina holográfica.

—¡Entonces es cierto! Ya ese niño existe, pero… ¿Es que acaso no sabe el consejo sacerdotal que manipula las máquinas genéticas, cual es el producto final que contiene los dotes del mediador? —tronó la voz de Eva en aquella asamblea mientras bajaba de sus piernas al animal.

—He aquí donde está la raíz del asunto —dijo el pontífice, llevando su vista hacia los ojos de Eva—. Los sueños premonitorios que las cápsulas santas nos proveen a los sacerdotes nos han llevado a la conclusión, de que este mediador no es de nuestra perfecta estirpe, escogida por las máquinas, sino que se encuentra allá afuera. Incluso los programadores más doctos han hecho los cálculos y toda predicción nos lleva a la misma conclusión, es humano, hijo de hombre —dijo el papa entrelazando sus dedos holográficos sobre su roja túnica —. Por eso estamos aquí reunidos; para que a través del ritual de la epifanía podamos localizar al individuo. El cardenal Nicolax Di Gesú a enviado a los androides a que lo asesinaran, debemos encontrarlo antes que la muerte lo haga primero.

—¡Lo sabía! —gritó la pequeña hermana Eva, en su cara se dibujo una sonrisa de infantil satisfacción con dejos de una repentina ansiedad—. ¡Él es real! el mediador… intuía que él existía en el seno de la resistencia humana. Pero… ¿porque lo persigue nuestro Cardenal? ¿acaso la desesperanza lo ha vuelto loco que prefiere conspirar contra el destino de la iglesia?

—Esto nos enseña que el mal es una fuerza más poderosa de lo que habíamos imaginado, es capaz de penetrar hasta un cuerpo genéticamente puro, depurado de todo pecado capital. El mal corrompe desde afuera hacia dentro —dijo el Papa Virgilius preparándose para la revelación psíquica.

El Papa ordenó el ritual. Las hermanas conectaron sus pensamientos a la máquina de las visiones a través de la frecuencia de sus tocas que estaban conectadas a su cerebro haciendo estimular el “punto Dios” que se encontraba en la región de los lóbulos temporales. Eva se cubrió la cabeza con su velo que de inmediato conectó A la máquina de Dios. Todas entonaron los cánticos sagrados para apresurar el trance; las que estaban de pie alrededor de la mesa y las cuatros principales que en ella estaban sentadas. La psiquis de todas fue absorbida al interior del computador cuántico de la abadía. Sus mentes pasaron a ser una sola mente en aquel alambique tecnológico, el cual después de unos segundos entonó melodías, que parecían ser emitidas por un antiguo órgano eclesiástico. Las niñas retorcían sus ojos hacia arriba dejando ver sólo el blanco a causa del trance y el shock neuronal; entonces, la Epifanía se materializó y se proyectó a la cabeza de Eva, la única genéticamente capaz de ir más allá de las visiones de un computador. La visión se condensó en sus neuronas por un instante, luego, escupió su consciencia más allá de la Abadía, moviéndose como una onda expansiva y alcanzando en unos segundo los confines del mundo.

—¡Lo veo! su estructura genética me atrae hacia sus adentros como un imán psíquico —balbuceó Eva, en un trance desgarrador —. Empezaré a sacar todos los recuerdos de su mente. Su nombre… su nombre… es… Brian… Brian… el niño Brian… el mediador. —con torpes movimientos empezó a escribir las coordenadas sobre la mesa. Enseguida el papa hizo unas señas y una puerta secreta se abrió ante el salón, mientras las hermanas permanecían atontadas y comenzaban a caer exhaustas al suelo y sobre la mesa, todavía con el ardor de las visiones. Eva tratando de sostener sus visiones y mantenerse despierta fue vencida por el desgaste de su trance y se desmayó encima de la mesa. Unos hombres jóvenes vistiendo atuendos monásticos y de alta jerarquía aparecieron detrás de las puertas llevando por los pasillos dos cápsulas criogénicas una contenía los genes con lo cuales se traería a la vida a el Mesías y la otra los de la bestia. Los hombres los pusieron en el centro del gran salón principal y las conectaron las cápsulas al computador central, donde el ritual sería consumado. El papa ordenó a otros hombre encender la nave de la abadía e ir por Brian cuyo cuerpo y mente servirían como mediador.

Después que la embriaguez de las visiones había pasado por la cabeza de Eva, está despertó con la posterior resaca eléctrica cosquilleando dentro de su rubia cabeza. Algunas hermanas se pusieron de pie. Sus ofuscados ojos se preparaban para ver otro tipo de visiones más físicas. En el salón de los rituales principales yacía un niño dormido conectado a través de tubos energéticos a las cápsula que contenía los genes del mesías, y la bestia. El cardenal estaba dentro del recinto, físicamente. Había llegado hasta la abadía en su nave para él mismo completar el ritual.

—¡Algo no anda bien! —le susurro Eva a Marianix, dando tumbos aún víctima del mareo. Una y otra se agarraron para llegar casi arrastras detrás de una columna.

—Sí, estás suponiendo lo mismo que yo pequeña Eva, tengo la sensación que no es el mesías quien será liberado está noche. Las dos observaban detrás de la columna incapaces de cometer acción.

Sin nadie poder impedirlo, comenzó el ritual. La debilidad posterior de las Religiosas sólo dejaba espacio a la observación, además, los años de obediencia no darían cabida al disentimiento. El ritual se consumó y la consciencia de Brian entró con la ayuda psíquica de los genes mesiánicos a la consciencia de la bestia. El cardenal le ordenó destapar los siete sellos que contenían los genes de la bestia a nivel molecular. Su alma compatible viajó a través de la computadora cuántica; y en cuestión de segundos, como un maléfico Big Bang artificial, el Apocalipsis se expandió con su consciencia mediadora alrededor del planeta, llevando con ella la destrucción y la bestia liberadora de el último caos. El papa lo había planeado todo, pretendiendo traer la salvación a la humanidad. Queriendo eliminar los eslabones que pretendían quitar al ser humano su última humanidad biológica. Sus ojos y los de Eva, se interconectaron con signos de admiración e interrogación, sondeando cada uno con su mirada el fondo de sus almas.

—¿Por qué Virgilius? ¡Soñé todo este tiempo con el Mesía y tú liberas la bestia!—Exclamó Eva al papa con el pensamiento, haciéndole sentir su ultraje.

—!Era la profecía! —vociferó este, su voz retumbó con estrepitoso eco por toda la abadía, sus ojos estaban rebosantes de infantil malicia —. Para eso fui creado, ese era mi propósito ¿Acaso no escuchaste las palabras de el último cardenal anciano que vivió hace mil quinientos años?… Él dijo una vez, que el Apocalipsis era un juego de niños… y este es el juego… que acabamos de jugar…

fin

A los pies de la herejía

                                                   Morgan Vicconius Zariah7794e34f6983c6f774fb0766489be03e

Los grises campanarios fueron mojados por el chubasco que traía la tormenta. En la torre yacía un cáliz, que era vigilado por gárgolas de piedra, insufladas de vida por un antiguo monje que ya no se encontraba en este mundo. Pero se decía que rondaba su alma hereje por aquella abadía, donde junto a las piedras, era protector del cáliz que guardaba sangre de un extraño y nuevo grial. El monje ojeroso y flemático, en vida mantuvo siempre un sospechoso silencio. Solía pasearse todas las noches por el santuario, subiendo con sus libros la escalera en espiral que llevaban a la torre. Allí,  Roger  Campanella, estudiaba paciente sobre cosas que ya no competían a su fe. Meditaba frente a los otoñales vientos del norte, donde las noches de octubre, esperaba ver nacer en los cielos del septentrión, una estrella que había señalado uno de sus grimorios. Esperaba esa señal  de los cielos que alimentara su silente vanidad de hombre sabio.

En la abadía, todos respetaban su fría personalidad; nadie contradecía sus palabras, que engañosamente usaba para no dar sospechas de sus oscuros trabajos. En la tarde, después de la iglesia, acostumbraba a pasear por el jardín y el huerto, con su espíritu más estudioso que contemplativo. Observaba minuciosamente todas las frutas y legumbres; analizaba con mágica pasión el detalle más simple de las flores, las que cuidaba con un ímpetu sagrado. Después, antes de caer el sol, se dirigía al cementerio de la abadía, donde sentado bajo un árbol, escribía anotaciones y poemas. A veces arrebatos de una revelación momentánea cruzaban por las ventanas de su mente. Una revelación que esperaba ansioso cada noche en su contemplación en la torre.

Roger consagró con toda su alma  la devoción de su escapulario, para recibir esta visión que le enseñaría como encontrar el grial; poseedor de la sagrada sangre de Cristo. En sus sueños, lo percibía, pero su santidad empezaba a pecar de vanidad por culpa de su erudición. Su arte superaba a sus ermitaños compañeros, que nunca encontrarían en la biblioteca los libros peligrosos con los que lidiaba Campanella. los cuales éste guardaba en un compartimento secreto, en una abertura en la pared tras la madera de los libreros. Poseía algunos volúmenes en griego, sobre teúrgia, que una vez compartió con uno de sus más allegados compañeros; con él debatía sobre algunos trabajos de demonología y otras obras similares, sólo para alimentar puntos de vistas teológicos. Jámbligo y Apolonio le habían disminuido el interés por el dogma católico, haciendo más compleja su convicción y acentuando su soledad. El pensamiento platónico también se había apoderado de cierta parte de su estudioso espíritu. Era como si almas ajenas a su fe ahora habitaran en este Ser que crecía en conocimientos ante sus otros congéneres. Escritores romanos y antiguos poetas sumerios entraron a su puerta espiritual, la cual nunca cerró a el poema de Gilgamesh, donde aprendió una versión más idealista del diluvio universal.

A pesar de la rigurosidad devocional Benedictina, sus días eran colmados de suaves sueños. Él sentía en su más profundo abismo crecer un poder, que aunque lo realzó su monástica castidad, era mágico. Alguna vez pensó en dejar los hábitos para dedicarse a una vida de alquimista o médico, pero una fuerza santa lo ata baba a su escapulario. allí estaban depositadas sus energías de santidad. Tantas promesas que había depositado allí; tanta vida sacramental en este objeto santo, el cual Campanella empezó a ver como un talismán en vez de una simple gracia católica.

En una de sus reflexiones en la torre; a finales de un otoño, cuando comenzaban los primeros vientos frescos de un venidero invierno; Campanella vio la estrella de la que hablaba uno de sus libros, justo con la conjunción cósmica con la que debía estar alineada. Sin perder el tiempo, hizo los rituales y evocó los nombres complejos en lengua litúrgica. Pidió un deseo de revelación, y pronto, un perfume delirante se empezó a propagar, ascendía desde la escalera en espiral hacia la torre, donde se encontraba el monje recostado sobre un cómodo sillón de cuero. Unos secos pasos sorprendieron a Campanella; el eco que se repetía en estos pasos lo empezó a atemorizar. Él sabía por aquellos libros que estos genios estelares aparecían con extrañas y ruidosas formas a veces, para probar el valor del invocador. Una voz espectral empezó  recorrer los adentros de la torre. Cuando intentó mirar atrás, hacia la puerta abierta que daba a las escaleras, sintió en  su rostro una extraña sensación que lo paralizó . Y antes sus sabios ojos, una figura de madera hizo aparición.

Era una cruz que se desplazaba arrastrándose, subiendo los peldaños lentamente como un reptil abominable; hasta detenerse en frente de su asustado rostro. El tiempo dentro de la torre parecía haberse anulado. La abominable imagen se movía en forma serpentina, desplazando ondulantes sus pesados brazos laterales, como un ser mítico que no había  desarrollado las facultades motoras de sus extremidades inferiores. Roger gritó desesperado ante ésta visión, su valor no soportó los límites de esta grima. Rápido dispuso de toda su voluntad para contener su histeria; mordiendo con fuerzas sus labios hasta sangrar, y ahogando por unos segundos su respiración, pudo controlar el terror que le asaltó inesperadamente.

—¿Por qué te asustas? ¿Acaso no esperabas cosechar el delirio que habías sembrado con tus años? ¡Qué ingenuo eres Roger! —hablaba con una apagada y ronca voz el sacrílego objeto, mientras se ponía en pie con profano serpenteo ante el rostro del asombrado monje—. Me invocas y me esperas por tanto tiempo para después asustarte —decía mientras con su cabeza de palo seco, secaba la sangre que corría por los labios del fraile—. Esto no es digno de un hombre que sobrepasa los limites de su fe ¿Acaso te sientes pecador cuando ahora esta visión te habla? Dime Roger, ¿De quién es obra, del Diablo o tuya?

Los nervios del hombre a punto estuvieron de estallar, y ahora la duda tomaba una parte de su alma, aquella parte que los libros de una intelectualidad ajena habían usurpado a su cristiana fe. Al lado de él, en su sillón de cuero, se encontraban algunos libros de hombres griegos y reinaba entre sus manos uno de sus predilectos, Jámbligo el Teúrgo, una selección de poesía y teúrgia. Roger no halló palabras para contestar la pregunta de la cruz, y en una nerviosa reacción preguntó: «¿Eres tú la cruz del santuario? ¿Por qué acudiste tú a mis plegarias? ¡Esperaba al genio de una estrella!»

—¿Al genio o al Diablo? ¿Acaso crees en las mentiras que te brindan estos libros? ¿Piensas que existe una mágica verdad espiritual, que sea buena, fuera de la fe de la cruz?

Tocando el pecho de Roger con una de sus extremidades de palo, ensayando una oscura caricia, hizo brotar del monje una sombra, que se proyectaba sobre una pared con la luz del farol que acompaña a Campanella en las noches de sus lecturas. Una sombra que ahora hablaba. La sombra en la pared tocó con sus oscuros dedos el libro de Jámbligo que el hombre apretaba en sus manos. Decía la cruz: He ahí la duda que te apretaba el pecho; ya está desligada de ti, una parte tan íntima —decía susurrando y en tono sarcástico—. A ver si ahora hablas contigo mismo.

—Siento que te he quitado un peso de arriba, mi proyector —así empezó a hablar su sombra que se movía de un lado a otro proyectada por la luz tenue del melancólico farol —. ¿Sabes?… ahora soy esa fe cuestionada por tu intelecto, y necesito hacerte unas cuantas preguntas: ¿por qué has dudado de esta fe que te mantenía lleno de un sosiego inimaginable, para elegir quimeras que al final atormentan una parte de ti que aún no se ha desligado de la iglesia? ¿Por qué buscas sueños que cortarán en dos la unidad de tu alma? ¿Por qué cuando tienes seguro tu paraíso, tiras tu salvación en pos de la incertidumbre?

—No debo escuchar sus falsedades, genios engañosos —respondió Roger en desafiante tono—. No me dejaré entrampar por sus preguntas; no me harán fracasar sus ilusiones. ¡Sí! ¡Hace tiempo que he esperado estas horas! Las he soñado cada noche y cada tarde; las he ansiando como un tesoro confirmador de una realidad espiritual. Por estas horas he cultivado ojeras para cosechar visiones. ¡Disípate duda! Este momento ha garantizado mi fe.

Con el arrebato de esta emoción, la sombra tembló en la pared difuminándose, trémula, hasta el punto de apagarse casi por completo, pero se negaba a dejarse ir, mientras la cruz seguía erguida ante el hombre dándole esa sensación de una tenebrosa mirada sin ojos. Y pronto, la sombra, la cruz y el libro que el fraile tenía en sus manos, hablaron al unísono. La nueva acción espantó nuevamente la calma del desafiante erudito, dejando caer al piso el libro del teúrgo, que sería la única voz que estaría de parte de Campanella después del toque de la sombra.

—No temas, estoy de tu lado para que puedas vencer a estos fantasmas estelares —decía el libro, abriéndose y cerrándose simulando una boca—. Estas efigies no son mas que objetos y argumentos y conceptos, sacados de tu propia alma y mente, es sólo para probar el valor de los hombres en que los genios pudieran depositar algún saber secreto. ¡Oye bien hijo! porque te lo dice el libro de teurgia, y esta voz que escuchas, fue la voz que su autor tuvo en vida, la que el viento ahora trae desde el polvo de su sueño para pedirte que no flaquees. Si lo haces, los genios tendrán el derecho de sumirte en la locura, no creas que es cosa de tu diablo que no existe, pues todo es fruto de una emanación universal. Si esta duda logra vencerte, tu mágica búsqueda estará perdida.

—¿Harás caso de su blasfemia? —decía la cruz ahora con un tono más potente. Por las ventanas, unos tenues relampagueos hicieron aparición—. ¿No ves que ésta es la parte que quiere confundirte? Es la parte de ti que niega la existencia del Diablo; haciéndote participe de paganas concepciones. ¿Te dejarás infundir seriamente sus mentiras?

Con estas breves palabras, pareció haberse alimentado la sombra que se proyectaba con el farol y retomando de nuevo su negrura, nuevas fuerzas ardían en sus venas sin sangre, haciendo que las fuerzas de Campanella vacilaran nuevamente. Y éste, tembloroso, por fin se levantó del sillón de cuero, echando mano de una daga y la conjuración de los cuatro elementos. Empezó a conjurar a la cruz y a la sombra, que empezaron a lanzar alaridos espantosos que retumbaron con horribles repeticiones en la mente del fraile Roger Campanella; provocando que su daga cayera al suelo, igual también su valor. Una sudoración se apoderó de él, y en una nerviosa reacción se agachó y tomó el libro y la daga. El libro dijo en sus manos: —Hijo, no temas, todo esto está en tu cabeza, persevera hasta derrotar todos tus fantasmas, es sólo tu lucha interior, no te dejes caer en el abismo.

Los espantosos alaridos seguían dando vueltas en aquella torre donde sólo Campanella parecía percibirlos. En la tenebrosa irreverencia de estas imágenes, una voz terrible y extremadamente alta escapó de la sombra, el capullo de la duda del monje. Entonces La sombra y la cruz gritaron: —¿De quién es obra Roger, tuya o del diablo?—. Esta voz ya le había ganado a su intelecto; a la cual éste le contestó con otro espantoso grito: —¡Es mi obra! ¡Sólo mía! —La cruz, se abalanzó sobre el fraile como en un desafío diciéndole:

—¡Blasfemo! Acaso no buscas el grial, con sólo pedirlo puedo otorgártelo, como igual puedo derramar tu sangre, por invocar lo que niegas—. Al abalanzarse la cruz, el hombre apretó el escapulario con sus dos manos dejando caer el libro una vez más, como quien se abraza nuevamente a  su fe para protegerse de la avalancha interior de su duda. Al hacerlo, el objeto de madera se alejó de él rápidamente y con espanto, la sombra también lucía espantada temblando neurótica sobre la pared y preguntaron las dos abominaciones: —¿De quién es la obra tuya o del diablo?—. A lo que Roger contestó ya convencido de una sola cosa: —¡Vade retro Satana! Nunquam suade mihi vana, Sunt mala quae libas Ipse venena bibas! Sin soltar su escapulario, que lo invistió de mucha más fe que sus conjuros y su daga, seguía profiriendo palabras de su orden benedictina, ya convencido que aquello era obra del engañoso. En el suelo, el libro, abriendo y cerrando  sus páginas y portadas, le decía irritado y en tono de reproche:

—Roger hijo, te lo había advertido, te dejaste atemorizar y perdisteis la batalla, te has dejado confundir por el genio. Quien en este momento entrará en tus dominios y en tu interior como medalla de su triunfo, que pobre hombre eres hijo… Espero que el talismán sirva para combatirlo.

—¡Cállate espíritu engañoso! —contestaba el fraile—. ¿Quién sino el diablo es capaz de  traer al alma toda esta confusión? Mi alma sintió esta única verdad, en este brumoso momento.

—¿Tu alma o tu duda? piénsalo Roger —Dijo el libro mientras se desvanecía el hechizo que lo insuflaba de vida, y nunca más volvió a articular palabra.

El hombre quedó con la sombra y la cruz. Estas visiones se unieron formando un negro y espantoso macho cabrío que se alargó extrañamente por encima del fraile con la imagen híbrida de animal y humano. Pero el fraile seguía con sus dedos abrazados a su objeto sacramental mientras la imagen del chivo se humanizaba en una extraña metamorfosis. Pero aún con miedo de acercarse al fraile; el cual estaba sumido en sus antiguos sacramentos católicos, e investido de esa fe que le daba una fuerza sobrehumana.

—¿Ves ahora con tus ojos Roger la verdadera imagen de tus genios? —decía el macho cabrío hablando desde una distancia considerable, poseyendo una infernal seducción. El hombre ahora se apoyaba en su escapulario benedictino—. No hay nada mágico que esté más allá de los designios de tu Dios. Y  lo que parece magia, es solamente el soplo engañoso de este tu Diablo; exiliado hace tiempo de las esferas del cielo. He dominado los secretos de la caída, del abismo en donde todos las cosas del cielo se reflejan. Y  es ésta  mi ventaja de hacer  de todo lo que está entre la tierra y el cielo un engaño para arrastrar  al hombre hacía el precipicio.

-¡Vade retro! —dijo Campannella nuevamente desafiante—. No deseo oír tus abominables palabras, en nombre de los poderes y la sangre que se derramó en la santa cruz, te someto, te someto, te someto a mis pies, como un vil esclavo. Al igual que Salomón, soy un rey al que tú deberías servir y no tentar, ni seducir, ni atemorizar. Te ordeno te arrodilles ante mi por los ensangrentados clavos de la cruz del calvario y por la divina sangre que en ella fue derramada.

La entidad, media humana y animal, se veía algo acorralada, por la fe y el conjuro que el monje profería. La seguridad del hombre era como una espada de fuego, que hería aquella entidad casi de muerte, la que no le quedó otra opción que postrarse ante los pies de Campanella, que recobraba las fuerzas sobrehumanas nuevamente y en su totalidad. Una tormenta posó sus turbulentas aguas sobre las construcciones de la abadía, que fue invadida por terribles truenos, violentas lluvias, y cegadores relámpagos. Una poderosa brisa tomó los rincones del sagrado recinto. Una de las ventanas de la torre se abrió violentamente, apagando el tenue y melancólico farol con el que acompañaba sus insomnes noches el fraile. La oscuridad cubrió todo el espacio entre la aparición y el fraile. Los relámpagos fabricaban siluetas parpadeantes en las húmedas paredes de la torre. Campanella, ahora se agachaba a tomar el farol para encenderlo nuevamente. Luego de muchos intentos, con el pensamiento puesto en el escapulario que había soltado para dar fuego al farol, por fin se iluminó el recinto. Con la fe encendida como una espada de fuego, Roger ordenó a la entidad  cerrar la ventana y ésta, con sólo una mirada selló el portal por el cual penetraba la brisa. La vanidad de Campanella creció nuevamente, al ver el control que tenía sobre el Diablo, y pronto un montón de pensamientos pasajeros arribaron su cabeza. Pensamientos de orgullo y poder, de ambiciones viejas; y en unos instantes casi pensaba como aquel mago que era, antes de dudar. Sólo que  ahora no le importaba si la entidad era el Diablo o un genio estelar disfrazado. Quería lograr lo que siempre ansió. El Grial y la inmortalidad se eternizaron en sus pensamientos y sus emociones, y no dudaría en pedirlo a la entidad más nefanda. El fraile se abrazaba a su escapulario en donde depositó toda la fuerza de su fe.

—¿Qué quieres hijo? —Dijo con voz sumisa la cabría entidad—. Ya sabes que en el inagotable abismo de mi alma, cualquier deseo te será concedido. ¡Pero ya no me atormentes con tus palabras investidas del soplo divino! En mi reino habitan todos los tesoros de la tierra, te puedo brindar cualquier reino y enseñarte los misterios insondables del corazón y el alma femeninos. Sabes que habitan en mi todas las astucias y ciencias. ¡Te coronaría con las preciosas piedras que otorgan el conocimiento sobre toda cosa! ¿Qué propones?

Los relámpagos acompañados de densos y terribles rayos, atravesaban toda la abadía. Las tronadas eran espantosamente fuertes y en la tempestuosa vastedad de lo asombroso, se hermanaban sin saberlo los dos seres.

—¡Quiero la eternidad! —dijo el fraile con un imperante tono—. Sólo quisiera saber cuál sería el precio de esta osadía, no estoy dispuesto a tolerar tus astucias o engaños. Mi sueño es el Grial, quiero sorber la sangre que me hará vivir por siempre. Si me hubiera imaginado que se lo iba a pedir a Lucifer personificado me habría ahorrado mucho tiempo; pues yo no creía ya en tu existencia. Pero estoy dispuesto a pagar el precio. Ya no hay temor en este corazón, que ha realzado en este último instante su objetivo por delante de cualquier cosa.

—Ya veo que te decides Roger —decía el demonio aún con sumisa voz—. Te lo puedo otorgar y de la manera que menos te lo esperas. Sólo quiero que me dejes actuar con libertad, sin atormentarme más; ya siento que nos hemos amistado. ¿No te dan miedo las llamas de el infierno hijo, atormentado por la sed de poder e inmortalidad?

—¡Qué importa! Mi santidad no se verá mancillada por las manchas de mi ambición, esta sed que tengo desde el nacimiento por palpar lo que escapa a los ojos de los demás. Por algo soy fraile, ¿no lo crees?

—Eres sabio, curioso hombre —decía la aparición en un tono más confiado y fraternal—. Todo religioso es religioso, aparte del miedo a lo desconocido, porque ama ese abismo donde afloran plegarias y preguntas que sólo son contestadas en la soledad y la oscuridad. Pero no es tu santidad la que está en juego, sino tu eternidad en un mar de llamas, jajajajaja… ¡es broma! Los santos siempre terminan salvándose. Hay bastante fuerza en ese objeto en tu cuello… ese escapulario. Son interesantes los seres humanos cuando dan valor a un objeto hasta el punto de divinizarlo, otorgándole vida sagrada a algo que era inerte. Y éste irradia bastante divinidad que yo no sería capaz de tocarte por la fuerza con que está impregnado y con la que tu fe de hace un rato lo reanimó. Cualquier plan que tengas conmigo y cualquier cosa que yo te pueda otorgar desde las entrañas de la oscuridad, te será concedido, y tendrás la bendición de no quedar maldito gracias a la divinidad y la limpidez que este objetó irradia, fruto de tu castidad y de tu antigua entrega a la oración, esa vieja comunión que tenías con el padre. Así que, mientras este objeto esté contigo, nada ni de luz u oscuridad podrá atormentar tus días.

Las palabras que había proferido el macho cabrío humanizado al fraile, lo convencieron de extraña forma, luego un leve mareo le aconteció, y de inmediato le pidió actuar con toda libertad.   La entidad hizo aparecer fuego que brotó del suelo. El fuego al principio se alzó hasta por encima de las cabezas de los hombres y un olor a metales fundidos y ciertos gases se expandían por la torre.

—¿Qué haces? —Preguntó Campanella, ya sin ningún temor al demonio, como un aprendiz se dirige a un maestro de alquimia —. ¡Incendiarás todo el recinto!

—Sólo observa Roger Campanella —le decía el demonio, con el tono de los que dan curiosas enseñanzas—. Tu grial está aquí, yace en el fuego donde forjaremos tu última ambición. Es una mentira el grial con el cual has soñado. Hace tiempo que no existe. Las llamas lo acogieron hace tiempo. Sangre nueva rebosará el Cáliz; nueva sangre santa.

—¿Qué dices? ¡No estoy dispuesto hacer engañado! ¡Lo he dado todo por la inmortalidad! —tronó el fraile, con un tono de ira repentina y dispuesto a someter la entidad nuevamente con la fuerza de su escapulario—. Te someteré y atormentaré si no me das lo que busco.

—Ya lo se… —calmadamente respondía el Diablo a las amenazas—. Ya verás que obtendrás lo que quieres, no en la manera en que lo deseabas, pero lo obtendrás. Este grial también te puede otorgar la inmortalidad. Sólo necesitamos sangre santa que se pueda verter. De todas maneras no deberías desistir a tus deseos, porque es tarde.  Aceptaste un trato con la oscuridad y aunque desistas y me envíes nuevamente a mis dominios, habrás pecado en vano. Entonces, te quedarás sin inmortalidad y aunque el escapulario te proteja, no te iras con él al cielo; y ya sabes lo que pasará. Así que te sugiero que no te impacientes y seamos alquimistas en estos instantes.

La tormenta seguía haciendo estragos en la abadía, las lluvias inundaron el jardín y la entrada a la torre. Pero no estaban solas las entidades en la torre. Abajo, un curioso monje preocupado por las lluvias y el humo que salía de la torre, ascendió por la escalera en espiral preocupado  por Campanella. Al subir fue sofocado por el olor del humo que arropaba la torre.

—¡Sorpresa! ¡No estamos solos! Hay alguien que asciende hasta aquí, y es uno de tus santos compañeros… trajo sin nadie pedirlo sangre sagrada —decía el Diablo con una sonrisa en la boca, mientras movía entre el fuego una aleación de metales, que en pocos instantes moldearía para sacar un cáliz ardiente.

—¿Qué insinúas? —preguntaba el fraile sospechando una verdad criminal.

—Mira que bello cáliz, hijo Roger, mira como arde aún —decía dándole vueltas y mirando minuciosamente su invención—. Tócalo, no temas palpar lo que habías soñado hecho realidad. Es un recipiente sacro, esperando por sangre sin corrupción y la sangre ya está cerca. Así que toma la daga, que empieza el trabajo.

—¿De qué hablas?, acaso crees que voy a realizar un acto de sangre… y con uno de mis hermanos espirituales —exclamó el fraile sumido en una leve confusión y nerviosismo—. Además, nadie de la orden debería ver en que prácticas estoy involucrado, no puedo dejarlo llegar.

—Viene por ti, está preocupado por el humo que sale de la torre y por la tormenta. Parece que hay más de uno que sabe de tus solitarias estadías nocturnas aquí, ¡ves Roger! Tienes buenos amigos y no les demuestras simpatía.

—Esta no es situación para sarcasmos, todo estará perdido si llega a entrar, bajaré para disuadirlo.

—No te preocupes, ya acaba de llegar.

La puerta, que daba al interior donde se encontraba Roger, empezó a ser tocada fuertemente por el fraile que vocifera el nombre de Campanella para ver si este se encontraba bien. Campanella estaba inseguro de abrir para que el joven Jaime no se encontrara con toda aquella escena ritual y con el mismo rey de las tinieblas en lo alto de la abadía. La entidad seguía hablándole a Roger, le susurraba palabras en el oído. El fraile parecía estar sumido en un hechizo, que el humo y las convincentes palabras de la entidad le habían insuflado. Por fin abrió la puerta.

—¡Hermano Campanella! ¿Se encuentra bien? —Fueron las palabras que en medio del humo Jaime dirigió a Roger, y éste asintió con la cabeza, los rostros de los hombres fueron cubiertos por una nube de humo—. ¿Acaso te dedicabas a alguno de tus experimentos? ¿Qué pasa aquí?

—No es nada, sólo se volteó la lámpara sobre algunos de mis libros mientras dormía un poco y he ahí el resultado.

El joven fraile, vio en el piso algunos libros quemados por el fuego, que ahora eran sólo humo. Roger tenía miedo de dejarlo pasar. Miedo de saber que pasaría si lo dejaba entrar al recinto que estaba cubierto por humo de algún fuego, que había salido tal vez de la boca del infierno.

—Déjalo pasar, no puede verme, descuida por ese lado, sólo tus grises ojos son capaces de hacerlo. Soy tu invocación, no lo olvides —expresaba el Diablo, dándole vueltas al objeto metálico que se enfriaba en un recipiente de cobre con agua.

Roger vio tristemente el libro de Jámbligo que cayó abatido antes las llamas. Algunas anotaciones también fueron devoradas por las candentes furias del fuego. El fraile dejó entrar al joven Jaime y lo invitó a sentarse en el sillón de cuero. Jaime de inmediato vio el cáliz que se enfriaba en la cacerola de cobre y no se contuvo en preguntar, y en curiosear un poco. Roger dejó que lo tomara en sus manos. El joven apreció esta obra, la contempló con sus azules ojos, donde una pureza más allá de toda pureza habitaba. En él, la inocencia y la santidad, nacían como retoños inmaculados.

—¡Qué bello es Roger! ¿De dónde ha salido? —dijo tiernamente el joven fraile, abstraído por la belleza y rareza del objeto—. ¡Ya se! Es una de tus invenciones, eres maravilloso aunque no hables mucho Roger. Se que no te gusta que te molesten, pero me preocupé, ¿entiendes?

—Claro que te entiendo hijo… gracias.

La entidad que sólo Campanella veía, señalaba el cáliz y le susurraba en el oído. El muchacho estaba sumido y maravillado jugando con el objeto. La tormenta seguía su marcha sobre el monasterio mientras el abad dormía ignorante. Sólo dos vidas en el monasterio parecían darle realidad a un oscuro sueño: un muchacho y un monje de cincuenta y siete años, ambos en la torre en plena tormenta.

—Toma la daga —susurraba el Diablo por la espalda de Roger, mientras Jaime sostenía el cáliz—. Acaso no sabes que es esta la sangre más sagrada que en estos días habita en la tierra. Lo que corre por las venas de este jovencito, es pura inocencia y sueños sagrados. Es la pureza hecha vida. Este es el líquido que el cáliz llevará dentro. Después que la sangre toque este metal habrá un nuevo grial que muchos buscarán para sorber la inmortalidad. Es esta la inmortalidad que tú poseerás primero.

—Yo amo ese muchacho —decía Roger susurrando y entre dientes, para que Jaime no se diera cuenta de que hablaba con alguien más—. ¿Cómo crees que cometería este crimen por más ambicioso que sea? ¡No lo haré!

—¿Qué le pasa?  ¿Por qué susurra? —dijo Jaime.

—No es nada, sólo me comentaba algo.

—Tienes que hacerlo por tu propio bien —insistía el Diablo—. El chico por más cariño que le tengas, tiene segura su salvación aunque le mates. Pero tú si no tomas de este cáliz, sabes que no conseguirás la inmortalidad y sin ella después que mueras tu escapulario no te protegerá más. ¿Sabes? Eres un hombre muy misterioso, ni yo me sé explicar como este objeto te ha hecho exento de toda maldición y de todo juicio, que ni los ángeles se atreverían a tocarte. Es la dicha más grande que tienes, no desaproveches esto.

—¡Oh mi Dios! ¿Qué he hecho? —se lamentaba Roger mientras se pasaba la mano por su canosa cabeza—. Ya no tengo vuelta atrás. Y como en un trance, se bajó y tomó la daga del piso, poseído por una nerviosa emoción y, mientras Jaime sostenía el cáliz en la mano, este lo apuñalo con los ojos cerrados por la espalda abalanzándose sobre el sillón. El chico gritó fuerte y se volteó hacia a Roger; el cáliz y los dos cayeron al piso; El muchacho boca arriba y el viejo fraile sobre él con su afilada daga, tratando de darle una fuerte estocada que le diera muerte. Sus ojos se cruzaron en el acto. Roger abrió los ojos y se encontró con los atemorizados e inocentes ojos azules del joven Jaime, que parecían clamar misericordia, mientras también se preguntaban el por qué. Roger le pedía perdón, mordiéndose los labios que de nuevo empezaban a sangrar mientras lloraba y con una mano cubría la boca del muchacho; lloraba y daba estocadas en el frágil cuerpo del joven, hasta acabar con su vida. Una vida que se extinguió en el instante. Roger, al saberlo asesinado, se recostó llorando encima del cuerpo al cual cerraba sus espantados y bellos ojos. Los dos cuerpos quedaron empapados de sangre. La entidad se mostró callada en el acto, luego se bajó y tomó el cáliz, el que de inmediato pasó a Campanella diciendo:

—Vierte pronto aquí la sangre, antes de que pierda todo su calor; antes de que el frío empiece a recorrer su cuerpo; antes que su vida se extinga por completo. De esta forma parte de su vida, de su vitalidad, quedará adherida al cáliz. Y así, habremos conseguido un nuevo grial. Ya no te abrumes, tú sabes que el alma del chico irá a buen lugar, eso tenlo por seguro.

Roger tomó el recipiente y levantó un poco el cuerpo inerte del muchacho del suelo y de cada agujero que había ocasionado con la daga, empezó a verter la sangre en el cáliz. El nuevo grial tomó un color púrpura fosforescente de inmediato.  Después que se consumó el ritual, Campanella sorbió frenético del licor del grial con sus ojos cerrados aun lleno de lágrimas, después de unos minutos sintió una fuerza interior crecer en él. Se intuyó inmortal y con sobrehumanos poderes. Puso el grial sobre una pequeña mesa y se tumbo de espaldas en el piso por unos segundos. Mientras la entidad decía:

—He cumplido con tus sueños, sólo falta buscar los guardianes que cuiden tan preciado tesoro; te aseguro que todas las naciones de la tierra vendrán tras la ventajas divinas de este grial, debemos buscar los perfectos guardianes que velen este manantial de sabiduría. ¡Ya se Roger! Las gárgolas que están abajo. Ve y mánchalas con la sangre del chico y ordénales que sean las guardianas del grial.  Ya eres  un rey, fuiste ungido con la eternidad, nada te será imposible.

El fraile como hipnotizado, tomó un recipiente de cuero donde vertió algo de sangre, bajó bamboleándose por las escaleras como presa de una embriaguez. Y manchó las gárgolas que estaban arrumbadas en una esquina del cementerio bajo la lluvia que disminuía misteriosamente. Un rayo cayó cerca de la torre impactando un árbol que fue parcialmente incendiado. El impactó despertó a los monjes de la abadía los que enseguida llamaron al Abad. Cristian, el más allegado a Campanella, subió a buscarlo a la torre, atravesando los humeantes pasillos de la escalera en espiral. El fuego crecía sin cesar, aún con toda la fuerza de la lluvia. Mientras Roger estaba insuflando vida a los nuevos guardianes, Cristian penetraba hacía la torre. Al llegar al recinto de lectura de su desvelado amigo, encontró el cuerpo del joven apuñalado y empapado en sangre fresca. El suelo caliente,  libros quemados, y la daga ensangrentada tirada cerca del cuerpo. Gritó, y bajó despavorido llamando al abad y otros monjes que salieron de inmediato al rescate de Jaime. Cuando Campanella descansaba un poco bajo la llovizna viendo las gárgolas de piedra despertar lentamente de su letargo, la torre ya se había abarrotado de monjes que sacaban en brazos el cadáver del joven fraile. Cristian y el abad esperaron en la torre soportando los remanentes del fuego que había sido sofocado por los monjes. Otros frailes salieron en la búsqueda de Campanella. Todos estaban absortos. Se preguntaron cada cosa. Pero todos tenían la certeza de la culpabilidad de Roger.

—¡Esto es abominable! —dijo el abad horrorizado—. Me imaginaba las herejes prácticas de este hombre, pero nunca pude saber hasta donde llegaría.

En ese instante, el fraile hereje se dirigía a la torre, y las cuatro gárgolas de piedra iban sigilosas a su lado bajo la lluvia, poseídas por una vida que no fue concebida en lo cielos. Al cabo de unos minutos treparon hasta la torre por la cara exterior, haciendo un terrible e insoportable ruido, casi simulando un temblor de tierra. Cristian y el abad observaban el grial con esta sangre dentro, sin tocarlo. El espanto del temblor en la torre, los hizo caer, y pronto se encontraron con la sorpresa. Cuatro gárgolas de piedra atravesaron las paredes de forma fantasmal y se pararon alrededor del cáliz con la siniestra brillantez que emitían de sus extraños ojos rojos. Al tratar de huir y bajar por las escaleras, los monjes se encontraron con el fraile, que traía su túnica ensangrentada a pesar de estar empapado en agua. En sus ojos grises, un frenético trance se hacia ver. Ya sus sueños estaban logrados. No necesitaba nada más. Los otros monjes subieron hasta la torre y se encontraron también con todos estos espantos. Éstos, al tratar de agarrarlo fueron echados al suelo por un fuerte soplo ardiente emitido de sus manos. La incertidumbre de los monjes creció cuando Campanella se acercó al grial colocándose en pose de protección e inmovilidad cerca de las gárgolas vivientes; sin ser dañado y sin proferir palabras. Cristian le dijo con voz indignada:

—Hermano Roger, ¿A qué te has dedicado? ¿Qué has hecho de ti? caíste en la trampa del diablo sin darte cuenta; te convertiste en su marioneta.

—Cállate Cristian —contestó Roger, mirándole a los ojos—. Tú no comprendes nada, ninguno de ustedes ha tenido sueños… Yo no quise matar al chico.

—Creo que te volviste loco, entrégate Roger —exclamó Cristian.

Roger, en un desafío se lanzó hacia el abad y su amigo Cristian con intención de derribarlos; al hacerlo, tropezó con una hendidura en el suelo de la que nadie se percató, y cayó de cabeza dando varias vueltas. La entidad dijo sus últimas palabras:

—¡Cuidado Roger! ¡El escapulario!

El Abad logró escuchar estas palabras inaudibles, cuando Roger cayó tendido, su escapulario se salió del cuello, entonces, el Abad ordenó a Cristian tomarlo, y éste, rápido lo tomó del piso. El cuerpo de Campanella desprovisto de la bendición de su escapulario y producto de su posterior maldición, empezó a descomponerse desenergetizado en burbujeantes escupitajos púrpuras. A las pocas horas, sólo quedó un polvo purpúreo que la tormenta arrastró hacía afuera. Los días posteriores a los hechos, los monjes abandonaron el monasterio que llevaría por siempre la maldición. Luego, empezaron la construcción de otro templo cerca de las colinas. En la antigua torre, quedó encerrada el alma de un hombre apasionado, quien ahora está condenado a hacer de guardián para que ningún otro hombre profane los secretos celestiales… hasta el día del juicio final.

Fin.

El último hedor

Por Morgan Vicconius Zariah

Illustration for M.R.James' ghost story "The Tractate Middoth" by Hannah Cooper.
Illustration for M.R.James’ ghost story “The Tractate Middoth” by Hannah Cooper.

Encerrado en esta habitación, hace ya algunos días que había sentido una terrible sensación de desasosiego y un mareo incontenible. Brumosas imágenes acompañadas de horribles voces llegaban transportadas por el viento del sureste; en esta cámara donde se suicidó mi amigo. El me contó sobre las sombras que en medio de sus tristes noches de otoño asediaban sus tranquilos pensamientos. A cinco leguas hacia el sureste había un cementerio, del cual se empezaron a exhumar las tumbas, y derrumbar las lapidas que descansaban sobre aquellos seres que yacían inertes en el descanso eterno. Mi amigo me había comentado que aquel camposanto era responsable de todas sus inquietudes y de su inestabilidad nerviosa. Me contaba de voces que susurraban en sus adentros y sueños que sobrecogían la tranquilidad de sus noches; en las cuales despertaba dentro de terribles pesadillas yaciendo en un ataúd lleno de polvorientos huesos que lo aprisionaban casi hasta la asfixia. Los gritos que le provocaban estas visiones, hacia que en las noches fuera visitado por los vecinos, tratando de calmar su histeria. Grandes ojeras empezaron a adornar sus ojos, y una gris melancolía empezó a poseerlo. En el día, se volvía taciturno, ensimismado y poseedor de un andar lento. A veces, era sorprendido hablando solo o murmurando algo entre dientes; cosa que supe era una triste oración elevada a Dios, fruto de la desesperación que lo corroía. Así pasaron sus días, los cuales empeoraban. Ninguna luz le brindaba consuelo y con el pasar del tiempo se dedicó a encerrarse más dentro de su habitación. Las voces que hablaban en su interior, exteriorizaron su existencia y las sombras pronto empezaron a palpar las fronteras que se extendían a la carne. Sus tormentos (según me decía) tomaron materia y me enseñó alrededor de toda su piel, horribles marcas y heridas que decía se las habían provocado los entes que viven en el cementerio debajo de aquel cerro que se ve por el sureste. Pronto, en una asamblea familiar, se le empezó a prestar atención al estado de mi amigo Guillermo. Los medicamentos lo hacían dormir, pero sus sueños fueron los mismos y su angustia mayor. El pensamiento de suicidio era la fija solución que se había planteado en su laberinto existencial.

El veneno lo esperaba en la taza de café, mientras la lluvia bañaba los cristales de la ventana que daba hacia el sureste, y los destellos relampagueantes junto con las tronadas de aquella tormentosa noche, hacían ver aquel lívido cementerio (según la nota de mi amigo), como una gran boca que se aproximaba a devorarlo a través del viento y la misma distancia. Decía la nota:

“Veo a todos aquellos exhumados, queriendo venir. Me desafían desde este portal de la muerte. ¡Pero ya pronto entraré yo en él!  no me hará sufrir aquella mano descarnada que me desgarra, o que se yo… aquellas manos. No distingo si es sólo una o miles las criaturas que escupen estas pestilencias en mi Ser. Han quebrado mis calmados nervios. Hasta la forma peculiar de mi pensamiento analítico lo han roto; haciendo de mí sólo un manojo de nervios y angustias.  Ya no queda en mí amor por la vida, las cosas, todas, hasta las que más me importaban carecen para mí de sentido. En estos últimos días he llegado a amar a la muerte, he sentido no se de qué forma un cariño por aquello que me desazona. ¡Este amor! ¡Veo aquel portal liberador en las manos del veneno! Ahora, cuando estas líneas escribo, siento lo más insoportable hasta ahora sentido por mí, en este estado en el que me he encontrado los últimos días. ¡Este hedor! Un hedor insoportable que invade la habitación. ¡Hedor de cien tumbas! ¡Hedor de cien muertos putrefactos! Me asfixia, pero ahora me río de todos estos espectros que acompañan mis días. Pronto entraré en el reino de la muerte. Seré uno más de la tumba. En estos momentos decisivos sólo somos yo y el veneno. No hay cabida para ningún miedo mientras empiezo a beber y sigo escribiendo lo que parecerá delirio”.

Jajajaj jajajajajaj ajajajajajaj

Dejo una carcajada regalada a todos aquellos que temen a la única verdad existente. En mí ya no hay miedo, se que soy sólo un símbolo de demencia y muerte, una espada que se burla de su propia desdicha y se aproxima por voluntad propia a su destino, del cual pretendo burlarme, pero se que sólo él ganará. al final siempre es su voz, la mano que se apresura a dejar esta nota ya no es la mía, si no la de él. Escribo mientras digiero el veneno, me burlo de todo, nada importa en este instante, en el cual me siento más grande que en el resto de toda mi vida, he tomado por cuenta propia mi fin. ¡Ya me acerco a él! Partiré con los tormentosos vientos del sureste a este reino etéreo. Soy parte de este hedor que empiezo amar, esta entidad a la que ahora percibo sin temor, arropada en este traje de hediondas putrefacciones. A ella me arrojaré, ya no tengo miedo. ¡Hazme parte de esta pestilencia que atormenta mis sentidos… ¡Oh hedionda entidad!

Ahora que está todo confuso, siento que voy abandonando la vida, las angustias van saliendo de mi pecho, mis manos ya no pueden sostener el bolígrafo, me echaré a morir al piso. Mis miembros no aguantan más. ¡Me estoy liberando! Amigo perdóname, pero así debía ser. Si sólo supieras lo real que es todo esto y no me acuerdo ni como empezó… ¡espera! Esto empezó (escribía con una letra casi ininteligible), el día que aquel niño me regaló ese cofre, un ennegrecido y viejo cofre de plata que contenía unas…

Las palabras siguientes se desvanecían totalmente del papel, y parecían no tener ningún significado. Ya le había llegado la muerte mientras se seguía esforzando por comunicar aquello que revelaría el origen de su supuesta locura. Encima de esta nota, se podían diferenciar algunas manchas de sangre que había vomitado antes de sumirse en la muerte, a causa del veneno. Su cuerpo fue encontrado tendido en suelo frío al otro día. Después de su envenenamiento. Los que levantaron el cadáver, me hablaron de un hedor inaguantable que circundaba toda aquella habitación; un pestilente hedor a cadáver putrefacto, cuando aún no era tiempo de entrar en descomposición el cuerpo de mi amigo. Después que toda aquella traumática escena había pasado. En busca de respuestas me mudé a esta penumbrosa habitación, que me traía fuertes recuerdos y desoladoras emociones.  Pronto comencé a sentirme angustiado y herido como por una daga invisible que me llenaba de una oscura melancolía. Pero… me intrigaba aquel Niño y el cofre del que mi amigo hablaba en la nota. Quería indagar en esta supuesta historia de locura, la que nunca llegué a creer, intuía algo más, algo lejano a este plano de existencia; más allá de las barreras de la carne. ¿Qué tenía que ver un cofre? ¿Qué conexión existía con aquel cementerio, con el cual él estaba obsesionado?

Yo quería ver la luz detrás de estas sombras de misterio que siempre quedaron tras telarañas, en la familiar investigación, que juzgaron aquel suicidio como causa de un enfermo estado mental. Una noche después de tres días que había habitado el apartamento, fue cuando vi la verdad, inmediatamente de haber encontrado aquel cofre. Lo hallé en una de las viejas gavetas que me vi obligado a forzar. Donde, envueltos en unos oscuros paños, descansaba un raro cofre ennegrecido de plata. Al verlo, y tenerlo en mis manos, intuí algo dentro de su frío caparazón de plata, algo pandórico y oscuro que ocultaba aquel pequeño objeto. La sangre se me heló hasta el extremo, lo solté encima del estante sin vacilar y sin abrirlo. Alejándome de aquel cofre rápidamente. Me metí entre las sábanas y en unos pocos minutos abrasé el sueño en la fría alcoba.  Me sobrecogió un extraño sueño, y raras imágenes hicieron aparición. Imágenes de un pasado y de un hombre. Un hombre que había vivido por estas tierras de agricultores. Vi en el sueño una singular cabaña en donde habitaba este hombre que se dedicó a las artes ocultas, a la evocación de espíritus y a la medicina, artes con las cuales se ganaba la vida; pero era de un alma pura y noble, donde no había cabida para la maldad. Vi en la cabaña de aquel sueño un pequeño estante de libros viejos y otras estanterías con redomas de vidrios, donde metía las pócimas fabricadas por sus botánicas manos. Este hombre fue un docto curandero que tuvo mucho éxito en estas tierras hace ya más de 70 años.

Después, seguí teniendo estos sueños secuenciales las noches posteriores, cada vez que contemplaba el cofre aquel. Así vi hasta los días finales de aquel taciturno curandero y sabedor de conjuros. Vi en sueños como fue perseguido por una estampida de protestantes radicales, que decidieron acabar con la existencia del hombre que para ellos era una abominación. Quemaron la cabaña del hechicero y éste emprendió la huida hacia los cerros del sureste, pero falló. Las manos enloquecidas de aquel pelotón religioso lograron capturarlo, y para su mal, se le apaleó y fue quemado entre los matorrales en la noche; allí fue dejado por muerto. A este crimen al que sobrevivió varios días hasta morir con atroz agonía. Días después, fue encontrado por el pestilente hedor que irradiaba su mutilada y  quemada piel. Una piel que exudaba una extraña fascinación que turbaba a aquellos que la olían. Empecé cada noche a soñar ésta historia hasta que lo supe todo.

Abrí el cofre dos semanas después de los tantos sueños que me fueron revelados, traídos por los vientos del sureste y susurrados en  los portales de mi aliento. Este objeto contenía los frutos venenosos de una venganza post- mortem. Una venganza hedionda y pestilente. Este cofre contenía unas pequeñas bolas mucosas y verdecinas. Eran como diez pequeñísimas bolas de algún preparado; un remedio hechicero, mezcla de carne y hierbas, carne quemada y sangre de su sangre. Con las cuales a través del tiempo cobraría a la otra generación. Después de abrir el cofre,  tuve otro sueño, mucho más claro que las visiones anteriores. Vi como fue enterrado el cadáver del mago; y como había conjurado el hechizo sobre el cofre y estos preparados, fruto de su propio dolor.  Enterró el cofre a muy poca profundidad, casi superficialmente en aquellos matorrales, donde fue dejado, y se dejo morir. Desde entonces, su espíritu no ha dejado de estar en conexión con este objeto. Su hedor empezaría a tomar venganza sobre las generaciones venideras de esta turba de protestantes que terminaron con su estudiosa vida, a la que lamentablemente y sin él saberlo, pertenecía mi amigo. Mi amigo fue el vínculo de éste ser para entrar en interacción con mi sangre. Sangre que es también la suya. ¡Sí!  Soy hijo de ese linaje por mi parte materna. Inmediatamente, me arroyaron recuerdos de mi infancia y las historias de mi madre sobre aquel tío abuelo que sabía sobre toda cosa. Recuerdos del inminente médico que siempre desee conocer, y que desapareció —según ella— después de haberse incendiado todo aquello que más amaba: Sus libros.

Sentí tristeza al saber todo esto, lo cual me acongojaba el alma, pero aún así, no justificaba la muerte de mi amigo, lo único verdaderamente valioso que yo conservaba. Después, al despertar sobresaltado, pero sin miedo a lo ya sabido, una madrugada se hizo presente esta entidad espectral. Su cara era horrible y un hedor traspasaba la barrera de lo material. En su alma, una tristeza se dejaba intuir. El aspecto de la triste alma era sombrío y cadavérico; las quemaduras y las mutilaciones habían durado hasta el más allá, para turbar así su descanso eterno. Descanso que había hecho esperar por los delirios de una justicia que juró tomarla con su propia magia. Ahora no valdrían las oraciones de sus enemigos, según me contaba con sus distorsionadas voces que eran una sola, una sola voz con eco de cavernas; hedía a tumba y a humedad. No tuve miedo, sentía la simpatía. Sabía la conexión consanguínea que ya teníamos. Le pregunté cosas, unas que por la sorpresa sobrenatural he olvidado, y otras que recuerdo, porque las sostuve con un sobrehumano esfuerzo en los anaqueles de mi subconsciente. Me dijo que siempre ha estado mirando desde el cementerio donde fue enterrado y ha sido exhumado. Que estuvo en dos partes a la vez: en la custodia de su cuerpo en el cementerio bajo el cerro del sureste, y donde se le dio muerte. Que utilizaba los aires para atormentar los sueños de ésta pequeña aldea. Me comentó que conscientemente utilizó a mi amigo para llegar a mí. Aquel niño que le había  entregado el extraño cofre, no era otra cosa, que el recuerdo inocente de la infancia, materializada por éste docto en estas ciencias. Utilizó su anterior inocencia como arma para su venganza. Y la ternura del niño que alguna vez fue, ahora obedecía a ese dolor que  bullía en lo más profundo de su alma. Esperaba liberarse de las cadenas de su condena, después de verter el veneno de su venganza, era la única opción liberadora. Así me dijo con su cavernosa voz:

— Debo verter el hedor con el cual me ayudarás a liberarme, otra salida no me queda,  me he envenenado hasta lo más profundo, esperando sólo este día. Tu sangre me ha traído hasta ti, en cuyos ojos brilla esa luz del saber heredado de nuestro antiguo pueblo; de ese pueblo al cual aprisionaron con represivos cultos a una desconocida y nueva religión, ajena a nuestra elegante tez. Tienes que ayudar a liberarme, créeme, tu amigo descansa en paz, él lo decidió. Nunca tuve planes de destruirlo, pero el destino que invoqué se escapa de mis manos. Ya estaba conjurado, toda generación de aquellos malvados religiosos debía morir. Evoqué todas mis fuerzas y juré por nuestra sangre que así sería. Toma el cofre joven  William, y llévalo en estos mismos instantes  a los matorrales donde fui asesinado; enciende fuego sobre estas ampollas verdes , las cuales se encargaran del resto, ¡hazlo! Para que no pese mi tristeza sobre el alma tuya hijo mío.

Obedecí el mandato de mi pariente sin vacilación, ya de todos modos mi amigo había muerto. La tristeza que corroía el alma de esta familiar entidad, de alguna forma llegó a tocarme también, este sentimiento de impotencia y venganza afloró de mi interior, haciéndome comprender las emociones que se posaban en el espectro de mi ancestro. Mucho antes de empezar el alba, me dirigí a  los matorrales donde había sido lacerado y sin pensarlo más veces, abrí el cofre y encendí el mechero sobre las pequeñas bolas verdecinas, las cuales se inflamaron de inmediato. Mientras lo hacia, el espectro entre materia y espíritu me acompañaba; a mi lado estaba en ese estado semi etéreo. Callaba, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción que casi explotaba. Las llamas se tornaron verdecinas y se expandieron en el ambiente. Inmediatamente se apagaron  todas las llamas chispeantes y un humo exagerado se expandió por la aldea; un hediondo humo de exhumadas tumbas. El mago reaccionó  a esto con una risotada que devino en carcajadas burlescas:

— ¡Gracias hijo!, este es el último hedor, jejejejej, ¡redentor! Jajajajajajajajaja, siento desprenderme del veneno cuando más va avanzado el sortilegio que tus mortales manos terminaron por mí. Siento esta paz, liberadora, empiezan a romperse ya las cadenas que había fabricado en nombre de la justicia. ¡Las  frescas lluvias de un cielo esperan! Puedo dormir para siempre…

Las alegrías que nacían en el pecho del médico, también nacían en mí. Me sentía liberado de esta tristeza que me había poseído los días que habité la habitación de mi amigo. El hedor era insoportablemente horrible, y la putrefacción y la peste invadían la aldea, pero a mí no me importaba. Esta era una venganza que no encuentro palabras para describirla. Era justa, aunque para este hombre fue dulce, más dulce que la miel, más dulce aún cuando crecía el amargo sabor dentro de su vientre por mas de 70 años. Vi como se rejuvenecía este espíritu. Desaparecieron sus heridas y sus quemaduras. El rostro horrible empezó a tornarse lozano y tierno; y la mirada recuperó una extraña candidez luminosa, angelical. Este horrible espectro casi un engendro demoníaco, pareció en unos instantes como lavado en un rápido purgatorio y parido de las esferas celestiales. Pero aún había algo malvado que escapaba de él, salía de su vientre, era un viento venenoso que escapaba con las carcajadas de la victoria, era la satisfacción de la venganza. ¡Dichoso! ¡Qué sorpresa! Aun realizando una acción de muertes masivas, se había librado del pecado.

Al recibir un dulce beso de ésta blanqueada entidad, decidí volver a la habitación. Pues se acercaba el alba con sus primeros y débiles rayos por el oriente y no quería que nadie me sorprendiera en estos hechiceros menesteres. Pasmado todavía por aquellas mágicas revelaciones, se me hacia difícil conciliar el sueño. Después de aproximadamente hora y media, cuando los rayos del sol tocaron los cristales de mi habitación, llegó el sueño. Otra sorpresa me había asaltado al despertar, había dormido todo el día, era ya el crepúsculo y unos desesperados gritos entraban violentos hacia mi portal. Me levanté rápidamente corriendo a la ventana del sureste, y vi un cúmulo de gente, en su mayoría mujeres, llorando con un terrible desconcierto. Un hedor a putrefacción se posaba sobre la atmósfera de esta aldea y los muertos no se hicieron esperar. Casi en toda casa y cabaña la muerte había sacudido su asesina guadaña. Los cuerpos se amontonaban, esos cuerpos de una descendencia asesina e ignorante, se apilaban en la aldea. Quedando sólo las personas que no tenían que ver directamente con esta descendencia; como las nuevas esposas y esposos de esta casta protestante. Así llegó el ocaso que traería un nuevo amanecer. Cuerpecitos de niños muertos en brazos de sus madres y padres desesperados, hicieron que mi alma se doblegara de horror. Un horror causado por un espíritu puro, corroído por los gusanos de la impotencia y la maldición. Pasaron los días y una serie de estudios médicos se hicieron en toda el área. Una comisión científica se encargó de hacer los análisis del lugar, hasta dar un diagnostico de este extraño caso, ya todos sabrán cual es la típica causa de este tipo de cosas según la ciencia materialista:  ¡la peste! Causante de las muertes y raros padecimientos. se dijo que la insalubridad venia de los cementerios y una plaga de ratas…

El caso quedó cerrado y la gente de esta aldea fue obligada a movilizarse a otras tierras, donde no aflore aquella desconocida pestilencia, atribuida a los viejos cementerios que adornaban la localidad, que fue declarada insalubre. Aquí, en esta vieja habitación donde escribo este relato a modo de declaración, fue donde supe toda esta verdad que tal vez ustedes nunca lleguen a creer, y anque me acusen de desequilibrio mental, los hechos han hablado. Sólo la descendencia de aquellos asesinos, hijos de esos extremistas religiosos, pagó las consecuencias hasta el último vástago viviente. Sintieron a carne y sangre, los últimos y ardientes hedores de la venganza.

El amanecer de los fuegos fatuos

Aquí les dejo uno de los textos con los cuales participé por primera vez en la revista Digital Minatura, en su dossier “Vampiros” espero dejar en sus auras el aliento de un vampiro Post-moderno. El Amanecer de los fuegos fatuos, es más que un viaje espacial, es una sutil condena que llega como una iniciación…

Por Morgan Vicconius Zariahblue_light_district_by_ryomaninja-d4z0sls

Desde que mi corazón cayó presa de los encantos de Axhanti, un extraño presagio recorrió mi ser. Supe que la travesía de sus labios me llevaría a destinos desconocidos. Desde que probé el fruto de sus pechos quedé envenenado; perdí el efecto del vértigo que antaño me acosaba; entonces mi alma prefirió lo etéreo, lo voluptuoso, lo espacial. Así fue como emprendí mi viaje en aquel trasbordador hacía la colonia lunar, de la cual Axhanti me había contado tantas historias. El gusto por la música y las artes nos unió. Nos conocimos en un café de la calle donde estaban los clubes Cyberpunk, que habían sido erigidos sobre las antiguas ruinas de Santo Domingo, que después de la tercera guerra, se había convertido en una isla multicultural y de recreación.

—¿Quieres una gigante roja, Damian? —me preguntó Axhanti pasándome la sanguinolenta bebida, de la que tomé un largo sorbo. El club Cybergoth estaba iluminado por delirantes luces intermitentes, verdes, rojas y azules, y a través de uno de los vitrales del techo, se podía ver en el cielo, nuestro planeta azul en todo su esplendor. La efervescencia de la fiesta no se hizo esperar en el amanecer de los fuegos fatuos, y pronto la excéntrica reunión enloqueció al son de las drogas psicotrópicas y las bebidas embriagantes. Un hombre con largas uñas y labios rojos, nos invitó a un salón privado, donde una orgía de aquelarre irrumpió nuestra embriaguez. La gigante roja causó en mí un raro sopor que me envió sin pudor a copular con damas que no conocía, ante la mirada indiferente de Axhanti, que parecía disfrutar de mi iniciación en aquellos eróticos arcanos. Una mordida tras otra en mi cuello, y el olor a la sangre de todos, resbalando en el suelo y en nuestra piel, me hizo desmayar. Cuando desperté, estaba Axhanti y el extraño hombre, riendo delante de mí, en una habitación semi-oscura, diciéndome: “¡bienvenido a las tinieblas! El virus vampiro te ha sido implantado. Nada será como antes, hijo. Eres uno de los nuestro”… Y desde entonces, solamente he visto los amaneceres terrestres, a través de la pantalla.